Bodegas Navarro, S.A.
Clima y el Suelo
El
suelo es un factor primordial en la calidad de todos los vinos y, especialmente,
en la de los generosos elaborados y criados en la denominación de origen
Montilla-Moriles.
De ahí la histórica clasificación reglamentaria a que nos hemos referido al
hablar de zonas.
Los
viticultores, desde los tiempos más remotos, han sabido cuales son las mejores
tierras para obtener vinos singulares, finos, delicados y de graduación
alcohólica natural elevada. Como más adelante veremos, no es caprichoso el
asentamiento de buena parte de los viñedos del sur de la provincia de Córdoba en
terrenos ondulados y de gran blancura, en los llamados alberos o albarizas.
Resumiendo,
las albarizas son suelos ricos en carbonato cálcico, con suelo y subsuelo
formados por margas blandas, pobres en materia orgánica natural, poco fértiles,
de composición mineralógica simple-prácticamente caliza y sílice-, con
estructura hojaldrada o grumosa, con escasa proporción de cloruros y sulfatos y
cuyo subsuelo tiene un alto poder retentivo de la humedad que oscila alrededor
del 30%.
La
vid no exige suelos ricos. Todo lo contrario, soporta terrenos marginales,
pobres, siempre que sean profundos. Su pivotante raíz llega a sobrepasar los
cuatro metros en búsqueda constante de agua y nutrientes, lo que le permite
vivir en climas cálidos y secos en los que las lluvias son escasas y en verano,
en ocasiones, inexistentes. Lógicamente , para que la raíz pueda alcanzar tales
profundidades es preciso que el suelo y el subsuelo sean penetrables. Este
último no debe estar compuesto por roca dura, en la que la raíz encontraría una
barrera natural insalvable que le impediría progresar. Además, especialmente en
las regiones meridionales, los suelos deben ser capaces de retener en el estío,
periodo de máxima actividad de la cepa, buena parte del agua recogida en los
meses lluviosos. Así, la raíz podrá tomar la humedad suficiente para que la
planta, que está soportando temperaturas muy rigurosas, pueda sobrevivir y logre
dar a su fruto el punto ideal de madurez.
Los
alberos de primera calidad son capaces de retener hasta el 33% de su peso en
agua, humedad que irán cediendo lentamente a la cepa durante el largo, seco y
caluroso verano cordobés, alejado de las refrescantes marinas brisas costeras.
Pero
tampoco es conveniente para la futura calidad del vino que las capas más hondas
del terreno se encharquen. La raíz, que necesita respirar y eliminar toxinas,
acusa negativamente el exceso de humedad pudiendo, incluso llegar a pudrirse. De
ahí la conveniencia de plantar en ladera y, a ser posible, con orientación
mediodía o sur. La pendiente va a permitir un drenaje natural del agua sobrante,
además de aumentar la longevidad del viñedo y mejorar la calidad de la uva. La
correcta orientación conseguirá, además, la mejor sazón del fruto.
Pensar
en tierras ideales para obtener vinos de calidad, especialmente los
tradicionales finos cordobeses, supone localizar terrenos en los que el suelo y
el subsuelo sean calizos, en los que a partir de los setenta centímetros de
profundidad el contenido en carbonato cálcico sea, al menos, del 40% y vaya en
aumento al ahondar, hasta sobrepasar el 50 e, incluso, el 60%, sin olvidar el
otro factor orográfico ya comentado: la ladera.
El
suelo de color más o menos blanquecino es, por lo expuesto, suelo de primera
calidad para la vid. En segunda posición se sitúan aquellos de tonos más oscuros
que cubren subsuelos ricos en carbonato de cal.
No
se olvide que el plano radicular secundario de la cepa se desarrolla en los
primeros setenta centímetros de profundidad y que la calidad del fruto la genera
la raíz principal que sobrepasa en ocasiones, como ya se ha comentado, los
cuatro metros de fondo. Después de leer estos párrafos, el lector se encontrará
situado en cualquiera de los pagos integrados en el marco de producción
Montilla-Moriles,
especialmente, en los de la Sierra de Montilla, formados en el Cretáceo, o en
los Moriles Altos, procedentes del Oligoceno. Cabe añadir que los vinos más
famosos del mundo, sin excepción, proceden de terrenos formados en alguno de
estos dos periodos geológicos.
Menos
adecuados para la consecución de racimos de primera calidad, aunque muy aptos
para la elaboración de otros tipos de vinos, son los denominados Ruedos. La
composición de los Ruedos va de calizo arcilloso a arcilloso calizo, en función
de la proporción de cada uno de estos dos elementos. La realidad es que dentro
de los pagos clasificados como Ruedos, se pueden encontrar desde excelentes
alberos a tierras francamente arcillosas. Actualmente, se realizan estudios para
integrar todos los terrenos de albarizas de primera calidad existentes en el
marco y considerados como Ruedos, en las zonas de Calidad Superior de la
Denominación de Origen.
En
el marco de
Montilla-Moriles
se encuentran también terrenos con alto contenido en sílice en los términos
municipales de Montemayor y Puente Genil, en los que se cultiva la variedad
Pedro Ximénez.
Provoca este mineral una intensa refracción de la luz que adelanta en varios
días la madurez de la uva con respecto al resto de la zona, proporcionando
mostos, a finales de agosto, con una riqueza en azúcares de unos 238 gramos por
litro. Estas uvas se dedican, normalmente, a la pasificación para elaborar
después el singular vino dulce denominado
Pedro Ximénez
La
diferencia cualitativa del mosto procedente de uno u otro suelo es apreciable
nada más terminar la vendimia. Tras varios años de crianza esta desigualdad se
hace notoria. Valga la reiteración: nuestros remotos antecesores sabían donde
debía plantar las cepas para obtener vinos de gran finura y calidad.
¡Salud!
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